Lluvia y uñas pintadas de negro

La ventana estaba entreabierta. Cientos de gotas de lluvia trataban de entrar al mismo tiempo en la habitación para terminar su estrepitoso viaje desde el cielo. Esa habitación en la que tantas noches de lectura, tantas noches de pensamientos, preocupaciones o ilusiones por cosas insignificantes te quitaron el sueño.

Pero esa noche era distinta. Esa noche, una aguja de diamante se quedó sin el surco de un disco de vinilo que no dejaba de girar esperando a que alguien le diese la vuelta para devolverle la caricia de su compañera que tan sola se sentía. Compañera que protestaba con un sonido parecido al que producían las gotas de lluvia cuando chocaban contra la ventana en un intento esta vez de miraros o de quizá, comprender lo que sentíais al besaros.

Decenas, cientos, miles de besos que no se limitaban a una zona en concreto, caricias que no descansaban, no cedían en su tenaz misión de recordar el tacto, la forma, la reacción de cada centímetro de su cuerpo. Mordiscos sin fuerza, sin hambre de carne pero con mucha sed de sensaciones que no eran fáciles de saciar, que tú no querías saciar.

No querías dejar de jugar a desabrochar cada botón de su camisa mientras te hundías en su cuello de tela para besar el cuello que en realidad estabas buscando, emprendiendo un lento camino con tu lengua hacia sus hombros, memorizando su olor para siempre y escuchando con atención cada cambio en su respiración. Ella, optó por levantar tímidamente la parte inferior de tu camiseta a rayas en un intento nada tímido de alcanzar tu piel, notar su calor y dibujar formas en tu espalda con sus uñas pintadas de negro.

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