Lluvia y uñas pintadas de negro

La ventana estaba entreabierta. Cientos de gotas de lluvia trataban de entrar al mismo tiempo en la habitación para terminar su estrepitoso viaje desde el cielo. Esa habitación en la que tantas noches de lectura, tantas noches de pensamientos, preocupaciones o ilusiones por cosas insignificantes te quitaron el sueño.

Pero esa noche era distinta. Esa noche, una aguja de diamante se quedó sin el surco de un disco de vinilo que no dejaba de girar esperando a que alguien le diese la vuelta para devolverle la caricia de su compañera que tan sola se sentía. Compañera que protestaba con un sonido parecido al que producían las gotas de lluvia cuando chocaban contra la ventana en un intento esta vez de miraros o de quizá, comprender lo que sentíais al besaros.

Decenas, cientos, miles de besos que no se limitaban a una zona en concreto, caricias que no descansaban, no cedían en su tenaz misión de recordar el tacto, la forma, la reacción de cada centímetro de su cuerpo. Mordiscos sin fuerza, sin hambre de carne pero con mucha sed de sensaciones que no eran fáciles de saciar, que tú no querías saciar.

No querías dejar de jugar a desabrochar cada botón de su camisa mientras te hundías en su cuello de tela para besar el cuello que en realidad estabas buscando, emprendiendo un lento camino con tu lengua hacia sus hombros, memorizando su olor para siempre y escuchando con atención cada cambio en su respiración. Ella, optó por levantar tímidamente la parte inferior de tu camiseta a rayas en un intento nada tímido de alcanzar tu piel, notar su calor y dibujar formas en tu espalda con sus uñas pintadas de negro.

Gracias por estar cerca

No estoy enamorado de ti. Ni del sonido ni del agradable olor de emites. Ni siquiera del brillo del sol reflejado en tu cara que provoca que me quede cómo un ser inmóvil mirándote, cómo si fuese un árbol centenario ahí plantado contemplando un atardecer de tantos.  Tampoco de la tranquilidad que puedes conseguir y que consigues traspasarme con sólo mirarte, de una forma tan inexplicablemente precisa.

Sin embargo me he acostumbrado a tenerte cerca, a escucharte, a olerte a sentirte y mirarte durante horas como si el tiempo fuese un elemento que baila borracho al fondo del escenario formado por todo lo que en realidad importa.

No sé como has conseguido atraerme, que acuda a tí cada vez que mi cabeza me dice que necesita un respiro o que debe consultar contigo antes de tomar una decisión, en esos tiempos en los que un buen consejo es vital. Sin embargo tú no hablas, soy yo el que lo hace. ¿Cómo lo consigues, cuando ningún otro ser es capaz de hacerme sincerar conmigo mismo? Al menos de esta forma..

Desde hace años me cuesta hablar de cosas de las que hablan el resto de las personas, o simplemente las personas que no se obsesionan, del puede exagerado modo en el que yo lo hago, de las metas que nos proponemos conseguir. Sin embargo contigo puedo hablar, expresarme y lo más importante, escucharme mientras te escucho.

Ojalá pudiese beberte como si fueras cerveza para poder llevarte siempre dentro de mí, pero no puedo y no tiene sentido que lo haga. Tu alma es infinita, mucho más de lo que un ser humano es capaz de asimilar en sus entrañas.

Por eso tengo que valorar la suerte que tengo al tenerte cerca. El poder acercarme cuando quiera a que me enseñes cómo soy, cuando más lo necesito saber. Y dejar que me acostumbre a invertir un poco de mi tiempo en contemplarte expectante mientras el sol busca cobijo en ti, haciéndote brillar y coger ese color dorado tan apreciado por las personas a las que le gusta saborear cada momento de su vida. Y mientras la noche cubre tu infinita mirada, podré seguir escuchando a tus incansables olas intentando completar la infinita gesta de dibujar tu silueta en la arena.